El barco

El barco

Durante años hubo una maqueta de barco encima del armario de mi abuelo.

Digo barco y no galera porque a los nueve años todavía ignoraba que las cosas tuvieran la obligación de ser solamente lo que eran.

Tenía mástiles, velas recogidas y una cubierta diminuta por la que yo había caminado muchas veces. Conocía incluso lugares que no podían verse desde abajo: el camarote del capitán, los barriles de la bodega, una escalera que descendía hasta alguna parte oscura donde seguramente dormían los piratas.

Nunca lo había tocado.

Eso era lo mejor.

Mi abuelo lo había colocado tan alto que pertenecía a esa categoría de objetos que los adultos creen haber puesto a salvo y los niños interpretan como una invitación.

Cuando venías a casa, yo pensaba que podríamos bajarlo.

Tú eras más pequeño, pero eso no importaba. Los niños no calculan las fuerzas por el tamaño de los cuerpos. Dos niños podían mover un barco. Dos niños podían atravesar un océano. Dos niños podían hacer prácticamente cualquier cosa siempre que ningún adulto entrara en la habitación.

Había elaborado incluso un plan.

Arrastraríamos una silla hasta el armario. Sobre la silla pondríamos otra cosa —un taburete, una caja, varios libros— y yo subiría. Tú sujetarías la estructura desde abajo.

Naturalmente, moriríamos.

Pero a los nueve años la muerte todavía era una hipótesis menos probable que conseguir alcanzar un barco.

Después lo bajaríamos con muchísimo cuidado.

Eso era importante.

Porque yo sospechaba que dentro había algo.

No un tesoro.

Algo mejor.

Creía que, si conseguíamos ponerlo en el suelo, se izarían las velas, la madera de la cubierta crujiría y la habitación comenzaría a oler a sal y brea. Quizá las gaviotas aparecerían volando alrededor de la lámpara. Quizá a través de la ventana se pudiera divisar el horizonte.

Pensaba que, a través de esa transformación pequeña y definitiva, comprenderíamos que aquella casa siempre había sido el océano y nosotros éramos demasiado pequeños para verlo.

Nunca bajamos el barco.

No recuerdo por qué.

Quizá nos marchamos más tarde de lo previsto. Quizá el abuelo cambió los muebles. Quizá crecimos con esa eficacia brutal con la que crecen los niños: un verano todavía creen que detrás de una puerta puede empezar otro mundo y al siguiente ya preguntan cuánto cuesta cruzarla.

Durante mucho tiempo tampoco volví a pensar en él.

Hasta ahora.

Lo extraño es que no recuerdo bien el rostro de mi abuelo en aquella habitación. Tampoco recuerdo qué había en los cajones ni el color exacto de las paredes.

Pero puedo señalar perfectamente dónde estaba el barco.

Arriba.

Siempre arriba.

Esperándonos.

A veces pienso que continúa allí, aunque la casa ya no sea la misma o aunque el barco haya terminado en una caja, en un trastero, en casa de alguien que desconoce que una vez fue capaz de navegar.

Y me entran unas ganas absurdas de buscarte.

De pedirte que vuelvas, que esta vez traigas una escalera.

Yo llevaré las provisiones.

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